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Que se incauten los bienes a los narcotraficantes; que los narcotraficantes cumplan las condenas en su totalidad; que se implante en el Bachillerato una asignatura sobre prevención de la droga… Tres deseos del todo plausibles que Fernando Delgado convierte en postulados desde su púlpito del Telediario. 28.11.1993, Vilagarcía se echa a la calle en una de las mayores manifestaciones de su historia, una jornada de lucha popular en contra del narcotráfico solo comparable en dimensión humana a la que aquí se vivió hace 3 décadas reclamando un estatuto de autonomía a la altura de nuestro pedigrí nacionalista, acorde con nuestro pisoteado título de comunidad histórica, una legítima aspiración que nunca llegó por culpa del tan traído y llevado “café para todos”.

Triste es vivir tan lejos como uno pueda de su ciudad natal y que a la hora de comer con sus compañeros de trabajo le digan señalando aviesamente el televisor:
                            - Mira, ahí está tu pueblo.
Y entonces vas tú y les explicas que el tuyo no es un pueblo, que es una ciudad pero sin catedral, porque ya sabemos que la diferencia entre pueblo y ciudad es la posesión o no de un macro-templo religioso, y que la mayoría de la gente de la droga no es de “Villagarcía” sino de sus alrededores, que aquí se ubicaban los juzgados, sí, pero que no estábamos todo el día y parte de la noche trasegando con bultos entre el mar y las playas, que no conducíamos Mercedes de alta gama ni llenábamos despreocupados los bares y tabernas en las horas del curre. Pero nada de lo que les dijeras haría cambiar su visión del asunto, sus cerebros habían asimilado de por vida que fama de Vilagarcía estaba más que justificada, como la Vallecas o como la de Chicago.
Hace años veraneaba por estos lares una linda chiquilla, madrileña para más señas; cuando le preguntabas por su domicilio capitalino lo situaba “detrás del Vicente Calderón”. Nada más lejos de la realidad, vivía en pleno Carabanchel, Bajo, eso sí, pero ella era consciente de que explicar la diferencia entre los dos carabancheles (el Bajo y el Alto) era tarea estéril, la mala prensa de esa barrio venía justificada tanto por los quinquis y yonquis que lo convirtieron en uno de los más conflictivos de la Villa y Corte como por el del nombre de la siniestra cárcel. Nosotros procurábamos no desvelar nuestro origen exacto, nos convertimos en coruñentos de adopción, y con el Mar Egeo en todas las televisiones partido en dos, flameando y escupiendo veneno negro en sus tres estados (sólido, líquido y gaseoso), hasta logramos reblandecer el corazoncito de nuestro jefe al pedirle un aumento de sueldo.
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Texto y grabación imágenes: Manuel Guinarte.
 
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