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Ocurrió justo cuando todas las voces mediáticas reclamaban comprensión e indulgencia para resucitar y dejar a la vista unos tristísimos despojos de lo que un día fuera un largo y hermoso puente marismeño, descuartizado e inhumado por los gobernantes locales de finales del S. XIX (obscenas vísceras de piedra que merecerían dormir en la más negra y tranquila oscuridad).
Porque mientras se pedían firmas para contemplar en su tísica desnudez y por los siglos de los siglos esta inmundicia pétrea, una magnífica forma de vida de dos pisos de altura y más de medio siglo de fértil existencia era aniquilada vilmente: la palmera ventureira del colegio del Ramal, en la calle del olvido, Santa Lucía, guillotinada de manera brutal sin aparente causa mayor que justificase tamaña barbarie ecológica.
De críos y en época de Pascua trepábamos por el muro que la separaba de la civilización, aislada como estaba en una recoleta finca aledaña a los dominios de Saavedra, para hacernos con alguna palma sagrada que hubiese más a mano, ya que entonces la palmerita no levantaba ni tres metros del suelo.
Desde que el llorado Javier Gago y sus acólitos abandonaran la alcaldía, nuestra ciudad se ha visto sumida en una alarmante pérdida de valores locales, lo que nuestros antepasados ilustres llamarían “villagarcianismno”, con elle. A nadie le importa que de un plumazo desaparezcan intocables símbolos de antaño, como el bucólico jardín de Ravella o su maltrecho hermano pequeño, el de la Compostela, despojado fríamente de cualquier halo bucólico para hacer juego con la playa del mismo nombre.
Creció la palmera en silencio, a la par que nosotros, viendo pasar a mozos y mozas que pululaban hacia la discoteca TOTEM en busca de su Saturday Night Fever particular; enterrando al dictador que según la Enciclopedia Álvarez hizo rica a España; viviendo la Transición, que no la Movida, porque todos sabemos que gracias a Rivera Mallo, aquí no la hubo; sobreviviendo a crueles e ignorantes podas, y llegando milagrosamente intacta al aplaudido desarrollismo noventero.
Finalmente, alguien sin escrúpulos decidió que estorbaba, y como en “La matanza de Texas” una motosierra la desterró definitivamente del mapa urbano, y es como si el certero tajo nos lo hubieran dado a nosotros, porque cada día volvemos la mirada incrédulos a ese rincón del colegio que nos pertenecía, pero la palmera y las pequeñas aves que cobijaba todo el año, definitivamente ya no están. Descanse en paz.
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Texto y fotos: Manuel Guinarte.
 
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